Poco a poco esta sociedad se está acostumbrando a la práctica del crimen con cierta naturalidad. Matar ya no parece levantarnos los pelos, ni nos crea repugnancia e indignación. Las mismas autoridades han impuesto una cultura de muertes como forma de imponer el “orden”.
Así perdemos vidas valiosas con demasiada frecuencia. La última fue el crimen del joven estudiante de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), Abraham Ramos Morel, a manos de dos policías durante la madrugada del pasado lunes, justo el día en que celebraba sus 23 años de edad.
El joven fue muerto a mansalva porque no se detuvo en una zona oscura, avanzando para hacerlo donde había luz, atendiendo a una orden de los agentes actuantes. Su reacción fue desde el inicio violenta, pues primero dispararon y poncharon el neumático del motor en que viajaba, y luego le dieron un tiro a la cabeza y le arrancaron la vida, en un hecho horripilante, vergonzoso y repugnante.
Se han impuesto medidas de coerción contra el cabo Manuel de Jesús Martínez Germán y el raso Elvin Vinicio Montero Jiménez. Contra el primero se dictó prisión preventiva y al segundo se le impuso una fianza de 75 mil pesos, presentación periódica semanal a la Fiscalía del Distrito Nacional, así como impedimento de salida del país.
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