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QUE TIERNO!

Ana Luisa, estaba en su lecho de muerte. Su esposo Carlos mantenía constante vigilia a su lado. El sostenía su frágil mano y mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas, él oraba por su esposa.

Ella lo miró y sus pálidos labios comenzaron a moverse quedamente.

Mi amado Carlos -susurró.

Calla mi amada -dijo él. -Descansa….
Shhh. No hables.

Ella insistentemente dijo con cansada voz “Tengo algo que
confesarte.”

No hay nada que confesar. Todo está bien, duerme.

No, no, yo debo morir en paz, Carlos… Yo me acosté con tu hermano, tu mejor amigo y con tu padre.

Ya lo sé, por eso te envenené…shhhhhh….. duerme tranquila.

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